Mucho más que RSE: la certificación B o el Santo Grial de la reputación

Por Gabriel Destéfano.-

Cuanto se habla en estos días del “cambio de paradigma” y uno no puede dejar de preguntarse si los cambios se generan con una decisión o si el cambio ocurre cuando las condiciones generales están dadas para que suceda. Hace un tiempo leí una historia escrita por el filósofo japonés Daisaku Ikeda que ilustra este proceso de cambio.

Algo muy curioso sucedió en la isla japonesa de Koshima, conocida como la «isla de los monos» y situada frente a la Costa de Nichinan. En 1952, un grupo de científicos comenzó a dar batatas a los monos de la isla, para que los simios regresaran y se dejasen observar. La mayoría de los monos comía los tubérculos aun cuando estaban cubiertos de arena.

Sin embargo, una hembra joven, de dieciocho meses de edad –a la cual denominaron, justamente Imo (en japonés: ‘patata’)–, actuó distinto de los demás. Un día, Imo comenzó a lavar las batatas en un arroyo cercano. Quizá a esta mona no le agradara masticar la textura arenosa que tenían las hortalizas sucias… Y lo que Imo llevó a cabo fue toda una innovación sin precedentes en la historia de los monos de la isla: aprendió que, al lavar la batata, podía comerla sin llenarse la boca de arena.

Entonces, le enseñó a su madre lo que acababa de descubrir. También se lo mostró a su círculo de monos amigos, los que, a su vez, se lo transmitieron a sus mamás. Y, así, comenzó a observarse un incremento en el número de monos «pioneros» de esa isla, que lavaban las batatas antes de llevarlas a la boca. Luego, los monos adoptaron otro cambio más: las fueron a lavar al océano en lugar de ir al arroyo. ¿Por qué? Curiosamente, descubrieron que los tubérculos tenían mucho mejor sabor aún, cuando los enjuagaban en agua salada.

Los científicos registraron meticulosamente todo lo que sucedió en la comunidad de monos.

En 1958, todos los monos jóvenes de la población ya lavaban sus batatas. Sin embargo, muchos de los machos adultos las seguían comiendo sucias. Estos simios, tal vez a causa de su naturaleza conservadora o por la inflexibilidad de su temperamento, seguían negándose a lavar las hortalizas y las comían entremezcladas con arena, igual que antes. ¡Al parecer, los monos machos adultos tienden a ser muy «cabezaduras»!

Sin embargo, de a poco, el muro de resistencias comenzó a desmoronarse. El número de monos que lavaba sus batatas fue incrementando, de a uno por vez, de diez en diez… El total crecía y ya eran veinte, treinta, cuarenta monos… Y entonces, en determinado momento, sucedió algo totalmente inesperado.

Un día –digamos cuando noventa y nueve monos ya lavaban las batatas antes de comerlas–, apareció el mono número cien. Y cuando la adaptación a la limpieza de las hortalizas llegó a cien monos de la población, dejó de transmitirse de uno en uno como hasta ese momento. En este punto crítico, de pronto, todo el resto de los monos empezó a lavar los tubérculos en masa. En otras palabras, hubo un punto a partir del cual toda la población simia de la isla de pronto «entró» en la revolución cultural que había iniciado esa sola hembra joven.

Y lo que más sorprende de esto es otro descubrimiento que hicieron los científicos entonces. Los monos de otras islas -que no habían estado expuestos en forma directa al nuevo método de lavar batatas-, por cierta razón inexplicable, también comenzaron a limpiar los tubérculos antes de comerlos. La revolución se difundió hasta los monos del monte Takasaki, en la prefectura de Oita, en otra parte de Kyushu.

En los últimos años, se está produciendo un cambio trascendente en la forma de desarrollar las actividades económicas, una tendencia que cobra cada vez más relevancia y que es una respuesta a un cambio estructural que el mundo parece necesitar. Así nació un nuevo modelo empresario, las denominadas “Empresas de Triple Impacto” o “Empresas B”, que buscan conciliar el desarrollo económico, el social y la protección del ambiente, desarrollando una actividad que, desde su esencia, busca beneficios económicos, sociales y ambientales.

Ser Empresa B es compartir una filosofía que busca redefinir el sentido del éxito en la forma de hacer negocios, donde la empresa se compromete a actuar de forma responsable con todos los grupos de interés con que interactúa y, de forma vinculante, a mejorar sus estándares de gestión social y ambiental.

El modelo de Empresa B contribuye por un lado, a impulsar el ecosistema de innovación social y por otro, a fomentar un cambio de paradigma hacia una economía más inclusiva y más humana, avanzando en un conjunto de prácticas hacia la sustentabilidad de la empresa que incluyen su gobernanza, gestión medio ambiental y modelo de negocio de impacto, así como la incorporación de los intereses de sus empleados y la comunidad”.

Este tipo de organizaciones son más resilientes, generan empleos de calidad y mejoran las condiciones de vida de las comunidades.

El concepto de Empresas B nació en Estados Unidos en 2007 y hoy en el mundo existen más de 1.850 Empresas B, localizadas en 50 países, provenientes de 130 industrias diferentes, sin embargo, el potencial de crecimiento de este tipo de organizaciones es exponencial y se estima que para 2020 existirán más de 10.000 Empresas B a nivel global.

Por otra parte, Sistema B impulsa políticas públicas, investigación y conocimiento a través de la Academia B así como programas de cadena de valor para proveedores y clientes corporativos de grandes empresas, que incluyen herramientas de medición y benchmarking. Igualmente, se promueven iniciativas públicas de sensibilización y promoción de alianzas comerciales entre Empresas B a nivel global.

Las “Empresas B” poseen una “misión”, un “propósito” que da sentido a su existencia (respondiendo al “Para qué” de la empresa) y que rige su actividad y guía la toma de decisiones. Esta misión se incorpora al objeto de estas empresas, marcando así el camino para su desempeño. No se trata de admitir o fomentar la Responsabilidad Social Empresaria –RSE-, es decir la implementación de actividades por la cual las empresas integran las preocupaciones sociales y ambientales a sus operaciones y negocios sobre una base de compromisos voluntarios, que no originan una obligación legal. Se trata de incorporar estos objetivos, como “misión” de la empresa, en su objeto social, de modo obligatorio.

El foco está siempre en la economía, tomando a ésta como una ciencia que viene de lo social y que hoy es percibida como una simple ecuación matemática. “Las Empresas B buscan un cambio sistémico en la economía de manera transversal. Apuntan a que haya varios actores trabajando de manera interdependiente y articulada para que ese cambio en la economía logre que el lucro no sea el centro”.

Desde el principio existieron empresas que buscaron una ganancia económica y que querían, a la vez, hacer una actividad social. Entonces recurrían a las ONG. Hoy, el desafío es generar nuevos modelos de empresas donde ambos elementos estén integrados. “Esta nueva economía propone que se vuelva al centro de esta ciencia social que debería estar al servicio del hombre. El modelo de desarrollo actual no se puede sostener más”, destaca Soledad Noel, coordinadora de la Comunidad Jurídica y de la Comunidad de Contadores de Sistema B en la Argentina.

Este impacto requiere ser estandarizado con parámetros universales. Para eso, existe la Evaluación de Impacto B, herramienta online y gratuita para ser utilizada por cualquier negocio. Realiza una foto de la situación como empresa, evaluando todos los aspectos de manera transversal. Luego genera un puntaje y propuestas para mejorar el impacto en las diferentes áreas. La propuesta es particular para cada negocio ya que el propósito principal de cada uno va a estar determinado por la actividad y el impacto que busca tener. En la Argentina hay ejemplos concretos de este proceso en el que, buscando impactar en un ámbito específico, terminan integrando lo social y lo ambiental. Un caso es Greca, marca que utiliza botones de descarte para hacer objetos de arte. Hoy realizan el producto mediante cooperativas de trabajo. Otro ejemplo es Xinca, que fabrica zapatillas a partir de desechos de cauchos, y vestimenta, con desechos de jean. También trabaja con cooperativas.

Hoy hay alrededor de cuarenta y cinco Empresas B en la Argentina que, año a año, van redoblando su compromiso. “Uno tiene una Empresa B por convicción, porque cree en una forma de hacer las cosas”, agrega Florencia.

Sistema B acompaña el proceso ofreciendo talleres para mejorar el desempeño y poder llegar a certificar la marca como Empresa B. Entre los talleres está Quiero ser B, capacitación dirigida a profesionales, empresas y emprendedores que quieran conocer en profundidad un nuevo tipo empresarial con triple impacto. Entre sus contenidos se encuentran “Conocimiento y aplicación real de la Evaluación B”, “Casos de Empresas B” e “Introducción al anteproyecto de ley de Sociedades de Beneficio e Interés Colectivo”. Otro de los talleres de Sistema B es Mejora Tu Desempeño, que incluye capacitación y acompañamiento para aquellas empresas que, habiendo completado la Evaluación de Impacto B, no han alcanzado el puntaje mínimo para certificarse como tales. Se analizan propuestas, prácticas y ámbitos de mejora para que la empresa pueda mejorar su desempeño y alcanzar la certificación B.

El compromiso social y ambiental que se va trabajando con Sistema B se vuelca luego en los estatutos de la empresa de manera tal que sea un pacto que involucre a todos los miembros de la empresa, invitándolos a exigirse cada vez más buscando resolver aquellos problemas ambientales y sociales al alcance de cada uno, no para ser las mejores empresas del mundo, sino las mejores empresas para el mundo.

El surgimiento de la Economía de triple impacto es imparable, y está sucediendo a nuestro alrededor. Contra todos los pronósticos, y en estos tiempos inciertos, vemos redes de individuos, empresas y proyectos que se organizan a sí mismos para regenerar nuestras comunidades humanas y los sistemas naturales de los que depende toda la vida. Cada vez somos más monos decididos a emprender el cambio.

 

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